Haciendo un esfuerzo por ir más profundo, y aunque parezca una contradicción de las partes 1 y 2, siempre recibimos cuando damos. Lo que sucede es que éste, como muchos otros, es un tema en torno al cual tendemos a quedarnos en la superficie: te doy amor, espero amor de ti. Te doy un regalo, espero tu agradecimiento o que te alegres… Te doy de mi tiempo, así que espero que reconozcas el esfuerzo que hice por ti… etcétera, etcétera.

Para ponerlo en otros términos, comúnmente, vivimos el dar desde lugares disfrazado de amor. Veamos algunos ejemplos:

  1. El miedo. Dar desde el miedo se manifiesta de diferentes maneras. Una de ellas es la carencia, que no es más que la expectativa o la necesidad de reconocimiento o de retorno. La sensación de carencia genera miedo… uno de los grandes flagelos de la humanidad. Miedo a no ser amado (a), a no ser ayudado (a)… A no ser suficiente. Así pues, damos y damos sostenidos sobre cimientos frágiles, y que nos ubican en una zona de permanente amenaza. De constante peligro.
  2. La culpa. Damos porque no hacerlo nos convierte en alguien egoísta o irresponsable… Damos porque nos han enseñado que sólo así se puede ser buen ser humano. En resumen, damos porque, de no hacerlo, seremos castigados (as).

La verdad es que la sincronía entre el dar y el recibir se materializa desde un lugar dentro de nosotros. Es decir que no es la forma del dar lo que en realidad importa, sino el fondo. Y ese fondo se llama intención.

Para ponerlo en términos más simples, eso que recibo o que no recibo… y, también, cómo y cuánto recibo, es un reflejo de la intención profunda que subyace a mi acción de dar. A ese pensamiento primero y original que normalmente acaba escondido tras un espeso cuerpo de pensamientos más superficiales.

Veamos un ejemplo: Puedo decir a otros y decirme a mí mismo (a) que doy amor a alguien porque amo a la persona. Sin embargo, mi pensamiento original podría ser: “Doy amor a esta persona para que me ame de vuelta”. De ser éste el caso, la energía… la frecuencia vibracional que acompaña mi más genuina intención, es baja. Es de temor y de necesidad. Por tanto, la forma del amor que recibo podría no parecerse en nada al amor real, o podría ser menor al que querría recibir. ¿El resultado? Me siento poco amado (a).

Lo dejaremos así por hoy para darte tiempo de interiorizar todo esto.

Si te ha gustado el tema hasta ahora y cuando estés listo (a), continúa a la última parte. En ella, hablaremos del sentido profundo por el que cosas como la anterior ocurren; de las bendiciones o los regalos que traen consigo, y cómo contribuyen a la expansión de nuestra consciencia… entre otras cosas.

Gracias por leer.

Hasta pronto,

EQUIPO Pedagogía para la Vida

 

Para leer la Parte 1, ve aquí.

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