Esta entrada no pretende ser una mera anécdota, pues compartir episodios de mi vida personal sólo tiene sentido si con ello logro entregar un mensaje que ofrezca valor a la vida de alguien más. Por esto, aquí lo que intento hacer es, precisamente, eso: dar un mensaje amoroso y consciente en torno a la importancia de escuchar nuestro cuerpo, y acerca de cómo él, también por amor a nosotros, nos habla… incluso cuando enferma. 

LA ENFERMEDADYo enferma ésta

  • EN CASA

Hace un tiempo, pasé dos noches con mi cabeza colgando del borde de mi cama… Lo diré así, sin rodeos o adornos: vomitando un agua que era expulsada en cada contracción de lo que aún no sé si era mi estómago o mi intestino. Era profuso -el vómito-. Y vino tan intempestivamente, que no me dio tiempo a echar mano de algún recipiente. Así que tuve que dejarlo caer donde cayera.

Mi tracto digestivo, todo él, daba alaridos de dolor y me quemaba por dentro. Y mi… algo que se comprimía cada cierto tiempo, me hacía sostener el aliento, apretar los dientes y lanzar un prolongado gemido. Allí, en la soledad de mi habitación, sin poder ingerir más que uno y otro sorbo de un frasco de Ensure con sabor a fresa que había comprado por ociosidad varios meses antes en alguna droguería del centro de la ciudad… girando de lado a lado y sosteniendo mi panza para intentar contenerla un poco, dejé correr las lágrimas, mientras me preguntaba: “¿Qué pudo haber pasado de ayer a hoy?”

Y es que el día anterior había estado de correría por ferreterías y almacenes de Jamundí (un pueblo cercano). “Un momento. Detente un poco. Recuerda que te sentías cansada. Y que el lunes lo estuviste tanto, que anunciaste a Antonio (el buen hombre que me colaboraba con una obra de construcción) que tomarías el día libre porque necesitabas una pausa”. Jmmm… Es cierto. Mi abrumador despertar de aquel día ya venía incubándose. Esa mañana, lo que estuviese pesaroso dentro de mí, había simplemente decidido elevar su voz y hablarme claro. Tal vez de esta manera… Quizá esta vez, escucharía.

En la tarde del día siguiente, cuando lo que sentía se tornaba agónico, imágenes de hospitales y de médicos empezaron a revolotear en mi cabeza. Entonces, llamé a mi hija. Le conté lo que estaba sintiendo, no para angustiarla, sino porque bien conozco la capacidad que tienen sus palabras para traducir para mí lo que la vida a veces se esfuerza por decirme; y a la que yo, aferrada a algunos antiguos hábitos, pareciera no escuchar.

-Ay, ma… Pues mira, si mañana sigues sintiéndote igual… A mí tampoco me gusta ir donde el médico, pero a veces es bueno ir porque, quién sabe… podríamos estarnos evitando prolongar un sufrimiento que es curable rápidamente.

Eso buscaba. Nada más. Que sirviera de intérprete de esas imágenes que me decían “Anda, visita al médico. Tu cuerpo necesita que lo atiendas”. Y como esa voz a la que se obedece sin titubeos porque habla con amor pero sin un drama al que desde hace ya muchos años dejé de responder por lo dañino que lo considero.

Así pues, llegó la mañana del jueves. Las náuseas se habían mesurado apenas un poco. Pero el dolor y los fuertes retorcijones seguían presentes.

  • CAMINO DE LA CLÍNICA

Acompañada de mi mamá, llegué a urgencias de la Clínica Valle del Lili. Ella, porque son muchas las malas experiencias con las que tuvo que lidiar en cuanto al trato de algunos profesionales de la salud y en medio de circunstancias delicadas de personas a las que amaba se refiere… al tiempo que tiene claro que no estoy de acuerdo con anticiparme negativamente a lo que también puede salir muy bien, me aclaró:

-Paulinita, no voy a disgustarme con nadie. Eso sí, si no se te presta la atención necesaria, exigiré que la recibas. Lo haré sin rabia. Pero lo haré.

-Esperemos a ver qué pasa primero, madre.

  • EN LA CLÍNICA

Yo enferma ésta 2

Todo ocurrió en calma. Y ella estuvo sonriente y hasta juguetona y graciosa. Comimos galletas Dux con néctar de durazno, y en el deseo por pasarme el néctar tomó el frasco por la tapa que había dejado mal cerrada, acabando mi saco y toda ella bañados en él. Entonces reímos y nos reímos de nosotras mismas. Y también lo hizo una amable mujer que atendía el único y lindo negocio de productos de panadería y pastelería, a quien mi mamá le pidiese prestado un trapo húmedo para limpiarse el “chorrión” que empezaba en su camisa y acababa en su pantalón ni más ni menos que color blanco.

Me había propuesto que, una vez allí y ya que había sido mi propia iniciativa visitar aquel lugar, estaría tranquila y atendería las sugerencias del médico. Es que algo me decía que el mensaje apenas empezaba a entregárseme. Y él, por qué no, podría ser el emisor de la tercera parte del comunicado. La primera había llegado con el malestar: “Te necesito. Te necesitas”. La segunda, con mi hija: “No prolongues el sufrimiento sin necesidad”.

Me auscultaron, me pusieron suero, tomaron pruebas de sangre y me dieron medicamentos. Y el dolor menguó casi al ciento por ciento. Tercera parte del mensaje: “Yo, tu cuerpo físico, porque me has prestado atención, te agradezco y entonces encuentro sosiego, pues ya no necesito de tan tremenda trifulca para que me escuches.”

  • EN CASA DE MI MADRE

Pasé ésa y la siguiente noche en casa de mi mamá. Ya sin suero, los retorcijones regresaron, aunque más moderados y menos frecuentes… hasta que se hicieron casi imperceptibles. Las náuseas y el vómito desaparecieron, así que pude comer y disfrutar cada bocado de las ricas sopas y los exquisitos jugos naturales que allí prepararon para mí. Pero no por esto me permitiría distraerme de aquello profundo que aún esperaba por expresarse. Y es que la Vida es tan hermosa, que hasta eso hace: espera a que hayas salido de la tormenta para, con dulzura, soltar el velo con el que por el tiempo que sea llevas cubriendo tus ojos.

Pues la noche del sábado y porque es ésta una de las formas en las que el Universo se comunica con nosotros -a través de eso que sabe nos interesa-, tuve deseos de ver un video más de los tantos en los que se entrevista a Anita Moorjani. Abrí Youtube, pasé uno y otro que ya conocía, y… me topé con uno que no había visto. El canal en el que publicaban la entrevista se llama Wisdom from North (pego el link para quienes quieran verlo: https://www.youtube.com/watch?v=ih9YODzDOhI). No lo conocía. Pero… porque llevo bastante tiempo trabajando en mí y entendiendo la asombrosa conexión que todos tenemos con el Universo, supe de inmediato que mi antojo por oír las palabras de esta gran mujer era como Él -el Universo- me invitaba a recibir la cuarta parte del mensaje. No sabía cuál sería, ni me predispuse a recibir nada en concreto. Sólo prestaría atención a todo lo que dijera ella y, también y sobre todo, al diálogo que fuese surgiendo dentro de mí.

Y llegó. La cuarta y fundamental parte del mensaje se reveló con total fluidez, y con absoluta claridad. Esto me dijo: “Tu cuerpo enfermó porque ya por años llevas ignorando las repetidas y distintas señales que ha intentado darte la Vida, entonces ha decidido que, porque te ama tanto, se hará sentir a través de él. Si decides atender a su llamado, no será necesario mayor padecimiento que éste”. Y continuó: “Has puesto a los demás antes que a ti misma, y lo has hecho mucho más de lo que es sano hacerlo. Con ello has ocasionado un desequilibrio en ti. Un desequilibrio que se resume en lo siguiente: Porque lo que más quieres es que nadie sufra, que todos estén bien y felices, has entregado tu tiempo, tu esfuerzo, energía y conocimiento, muchas veces dejándote a ti en situación de dificultad. Es decir, en circunstancias en las que has acabado careciendo de los medios necesarios para siquiera subsistir. En otras palabras, por dar a otros de manera incondicional, te has arrebatado a ti misma la posibilidad de estar bien. Y esto no es bueno ni te convierte en una mejor persona. Y no lo es ni lo hace, pues no darte a ti lo que mereces y necesitas para estar tranquila en este plano físico, es lo mismo que convertirte en tu propio verdugo.”

Las imágenes de las muchas veces que había hecho eso… en las que me puse en la fila de atrás… se vinieron rápidamente a mi cabeza.

LA RECONCILIACIÓN

De regreso a mi casa, tuve una de las sensaciones más hermosas que jamás haya tenido: por primera vez en mis cuarenta y ocho años, sentí pleno amor hacia mi cuerpo físico. Fue un amor intenso y bello como lo más bello posible. Un sentimiento en el que se mezclaban el amor, la ternura y la compasión… Y en mi mente se dibujó esta imagen: estaba acostada en mi cama y, junto a mí… mi cuerpo. Fue como si hubiese podido retirarlo igual que nos retiramos la ropa, y lo hubiese acostado junto a mí para abrazarlo. Para abrazarlo con ternura. Y allí, en mi mente, le dije: “Lo siento tanto. Siento que mi obstinación haya acabado por lastimarte de semejante manera. Y gracias. Gracias por haberte prestado como esa voz de la Vida que, ahogada ante mis oídos necios y sordos, no fue escuchada antes. Pero la he oído. Y te amo por haberte puesto en medio. Y haré lo que me pides. Lo haré. Por ti, por mí… por todos y por todo. Esto, te lo prometo”. Y, plena, sonreí por dentro.

Esa noche, como usualmente lo hago, dormí como un bebé. No hubo dolor de ninguna clase, pues ya no lo necesitaba.

Y a la mañana siguiente, como nunca antes lo había hecho, charlé con mi cuerpo. Le hice saber que estaba presente y que estaría atenta. Le repetí cuánto lo amaba. Incluso, por primera vez, le expresé lo hermoso y perfecto que me parecía. Asímismo, le reiteré mi firme compromiso de no dejarme atrás, y de darme el lugar que me corresponde… sobre todo cuando de mi ejercicio profesional se trate… y que es a lo que el mensaje de mi cuerpo estaba más directamente dirigido.

Hoy me siento sana y llena de alegría.

Yo mejor

EL MENSAJE… SI ES QUE ES NECESARIO 

Mi mensaje tiene dos partes, aunque ambas corresponden a la misma unidad. Aquí va la primera: Por amor a ti y no por egocentrismo o un egoísmo malentendido, piensa en ti. Date lo que necesitas porque, de no hacerlo, perderás el balance. Un balance que no sólo tiene que ver contigo y tú mismo/a, sino contigo y todo lo que te rodea. Contigo y con la Vida misma… Con el Universo. No esperes a enfermar. No es necesario.

Si no sabes cómo hacerlo, entonces busca ayuda. Pero reconoce que hay algo en ti que te necesita. Que necesita de tu amor, de tu atención y cuidado.

Y… si ya tu cuerpo se ha debilitado, sin importar cómo o cuánto, entiende que es su forma de hablarte, nunca de castigarte. De hablarte para que al fin avances en aquello que por la razón que fuere, te has negado la posibilidad de superar. Y, por supuesto, una gran oportunidad para que escuches, aceptes y des la vuelta a eso en lo que, bien lo sabe él, te has estancado. Para esto y para ninguna otra cosa, llega la enfermedad física.

Y la segunda y última: Evita buscar bienestar a cuenta del malestar de otros. Esto es, para estar bien tú, no intentes sacar ventaja de otros. Sé justo/a y, el bien que quieres para ti, sea éste de carácter espiritual, mental o material, deséalo con la misma intensidad para todos.

Si fallamos en lo primero o en lo segundo, el desbalance se hará presente. Y enfermaremos. En unos lo hará su cuerpo físico, en otros su cuerpo espiritual, el emocional, o el mental. Pero enfermaremos. Y cualquiera que sea la parte nuestra que lo haga, traerá siempre consigo y como propósito, un llamado al amor. Al amor por ti… por todos y por todo.

Un abrazo, y hasta la próxima.

MARÍA PAULINA