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el RELATO

Lava los platos, le dijo su papá, con total tranquilidad; incluso, con una sonrisa en el rostro. El hijo se levantó, se fue a su habitación y dejó los platos sobre la mesa. Cuando el padre regresó al comedor, respiró profundamente, contuvo la rabia y fue hasta donde su hijo.

– Hijo, veo que dejaste los platos en la mesa. Por favor, ve a lavarlos.

El hijo, que estaba en su computadora en ese momento, giró la mirada, le sonrió y regresó a su actividad. El padre, contando con que su hijo atendería su pedido, se retiró del cuarto para hacer lo que tenía pendiente. Varias horas más tarde, el padre pasó por el comedor de camino a la cocina y vio que los platos seguían allí. Frunció el ceño y caminó rápidamente hasta la habitación de su hijo. Se paró en el marco de la puerta, golpeó el suelo y le dijo: – Ve a lavar los platos ahora mismo.

El hijo lo miró muerto de miedo. Se paró, corrió hacia la mesa del comedor, tomó los platos, fue a la cocina, lavó la loza y regresó a hacer lo que estaba haciendo antes. Su padre agachó la cabeza. En ese momento entendió que el hecho de que su hijo atendiera a sus pedidos solamente cuando creía que su padre estaba molesto, era el resultado de su propia creación. Por lo tanto, a partir de aquel día, le daría la vuelta a aquello. Hablaría con su hijo acerca de lo que acababa de darse cuenta, para que su hijo comprendiera de dónde venían esas actitudes del uno y del otro. Y para que a partir de ese momento, ya no fuese necesario que su hijo atendiera a sus solicitudes desde la rabia, sino desde el pedido mismo. Desde la decisión de colaborarse el uno al otro.

la REFLEXIÓN

Esta mañana tuve una situación con uno de los perros, como tantas que tengo con ellos todos los días. Al vivir con 26 animales, son muchas las negociaciones en las que debo entrar a diario; sobre todo, con los perros. Bueno, esta mañana tuve una situación en la que llegué a ese punto que no me gusta: tener que hablar durito para que el animal colabore con lo que le estoy pidiendo. En mi casa, esto ocurre en repetidas ocasiones porque son muchos. Y cuando ellos están en lo que están… en sus jugarretas… están con la cabeza en otro lado mientras les estoy hablando. Y, pues, no me prestan atención.

Pero también me he dado cuenta de que sucede algo con ellos, y también con las personas muchísimas veces, y es lo que le ocurre a ese hijo con su papá, o a ese papá con su hijo. Resulta que en algún punto de nuestras relaciones –me refiero a los casos en los que necesitamos que ese otro nos colabore– en el que optamos porque haremos el pedido de forma contundente, si la primera o tal vez, incluso, una segunda vez, no recibimos la reacción que necesitamos. Esto muchas veces implica elevación de la voz, zapateo, ciertas posturas y, en algunos casos, otras cosas más. Y esa persona que está acostumbrada a que le solicitemos cosas, termina por sembrar en ella la idea de que solamente es necesario colaborar, obedecer o responder al pedido, cuando la persona está molesta.

Así, entre esas dos personas –pueden también ser dos grupos, una pareja…– se genera esa relación de causa y efecto. Si una de las partes no cae en cuenta de lo que está ocurriendo, y si la parte que inició tal tipo de relación no repara y no se hace responsable, bueno… ésa será la dinámica siempre que esa necesidad se presente (la necesidad de ayúdame con esto). Sin mencionar que la respuesta del otro solamente se dará cuando se levanten las alarmas de hay que hacerlo porque está brav@. Esto genera distanciamiento entre ambas partes en ese momento. También se va a requerir de tiempo para que esa energía de distanciamiento se sane, y esas dos personas o esos dos grupos puedan volver a encontrarse desde la calma. Si esto se asume como costumbre, dicha reparación exigirá una inversión de energía altísima. Y, quizá, tomará mucho más tiempo del que se quisiera.

Hoy me di cuenta de que yo, en este caso, he sido responsable cuando les he enseñado a ellos –los perros– que necesito molestarme o impacientarme para que ellos atiendan lo que les estoy pidiendo. Por lo que he decidido hacer un cambio. A partir de hoy, me comprometo con ellos y conmigo a respirar primero, y a comprender que el otro no siempre está listo para hacer lo que le estamos pidiendo o lo que queremos en ese momento… pues sus necesidades, sus prioridades o sus deseos están en otro lugar.

la INVITACIÓN

Si te ocurre lo que nos sucede a ese papá y muchas veces a mí… Si has propuesto dinámicas de relación con aquellas personas a quienes les pides favores o colaboración (tus hijos, personas que trabajan para ti, tu pareja, tus padres incluso), te invito a que te observes para saber cuál es esa dinámica que has establecido con ellos en ese sentido, y cuáles los efectos que se han causado en ambas partes –si es que la dinámica incluye que tengas que llegar a la molestia, a subir el tono de la voz o a adoptar un cierto gesto o alguna postura que al otro le indique que estás hablando en serio. Es que de otra manera, pareciera que lo que dices no tuviera ningún valor para el otro. Pero es de esta manera porque fue lo que enseñamos cuando se inició el proceso de solicitar algo a otro.

Si al principio no tuvimos la suficiente paciencia y pausa para permitirle a ese otro comprender que estábamos hablando en serio, y rápidamente nos fuimos a la molestia y a la imperatividad en lugar de sostenernos en el pedido desde un lugar de sosiego –con firmeza, de ser necesaria– éste fue el código que el otro aprendió. Si crees que tiendes a caer en algo así, intenta hacer el cambio, pero haciéndole saber al otro que te das cuenta… Que no es necesario que espere a que haya molestia de por medio para atender lo que le pides. Que no es necesario que pase por ese desgaste, y que tampoco es necesario que tú lo hagas. Dile que intente, a partir de ahora, establecer nuevos códigos. La relación se mantendrá mucho más armónica. Será mucho más sencillo para ambas partes estar en equilibrio en ese sentido, en lugar de continuar haciéndole un juego al ego, que no le hace bien ni al uno ni al otro.

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Gracias por acompañarme. Hasta una próxima oportunidad.

Un beso… ¡chao!

CRÉDITOS

Composición, producción musical & guitarra: Nicolás Ortiz

Voz: María Paulina Mejía