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el RELATO

Aquella niña, sentada en un rincón, observada a su madre desde lejos. Con lágrimas en los ojos, soñaba con verla acercarse, pero no de cualquier manera. Pues cada día, esa niña veía a su madre alejarse más y más. Y aunque su madre estaba presente en todo eso que se supone que una madre debe hacer, había una cosa que le hacía falta. Una cosa que para la niña era un tesoro y por la cual habría abandonado todo lo demás.

Aquella noche, la niña soñó con una madre cercana. Con una madre que, al hablarle, realmente la veía. Con una madre que sabía bien quién era el ser que tenía frente a sus ojos, ya que su relación con ella no era mental sino de corazón a corazón. Porque su relación con ella no se daba desde aquello que le habían contado o desde una idea fabricada de quien era su hija. Tampoco desde lo que imaginaba que sentía o quería, sino desde quien era en realidad. Y en los momentos en los que no lograba verla con claridad, en lugar de asumir, le preguntaba. Si su hija era aún demasiado pequeña, entonces la sentía… La observaba por suficiente tiempo y compartía con ella lo necesario, de tal forma que alcanzase tal conexión.

Días más tarde, luego de soñar noche tras noche con una madre presente, abrió la puerta de su habitación al despertar. Su madre estaba tras la puerta. En sus manos sostenía una bandeja con su desayuno favorito. Sonriente, la niña la dejó pasar. Se sentaron en la cama, conversaron amorosamente y rieron también. A la niña, ese desayuno le supo a cielo.

A partir de ese día, la niña sintió que podría enfrentar lo que fuese que la vida le pusiese en frente, pues el saberse amada por su madre… El que la sintiera, la comprendiera y la aceptara tal y como era, le era más que suficiente. Eso le daba, no solamente valor, sino plena alegría de vivir. Es que la nueva actitud de su mamá hacia ella le permitía sentir que era una persona que importaba.  Y si era importante para su madre, lo era también para el mundo. Así lo sentía. Y fue así como desde ese momento vivió la vida.

la REFLEXIÓN

La conexión emocional con los hijos es en mi concepto, sin duda, el camino más directo hacia una relación amorosa y cercana con ellos. A partir de este lugar, todo lo demás se da de manera natural. Esto es porque, cuando hacemos conexión emocional con nuestros hijos, los vemos y sentimos desde quienes verdaderamente son; desde las necesidades reales que van manifestando en la medida en la que van creciendo, y poder satisfacerlas. Además, es así como disfrutaremos a plenitud la experiencia de ser madre o de ser padre.

Siento en mi corazón que ha llegado el momento de dejar de repetir historias y de perpetuar experiencias de relación con los hijos que no queremos y que no disfrutamos cuando crecíamos desde el lugar de hijos. Siento que es momento ya de retirarnos los velos que nos impiden ver a nuestros hijos por quienes realmente son, sin importar qué edad tengan –porque nunca es tarde para acercarnos emocionalmente a ellos. Porque nunca es tarde para gozar de la experiencia de tener padres cercanos, cuando no lo fueron mientras nos hacíamos grandes. Porque nunca es tarde para saber qué se siente tener una madre y un padre que, cuando nos miran a los ojos, de verdad nos ven.

La conexión emocional genera una serie de beneficios que trascienden lo cotidiano o el simple «llevarse bien» con los hijos. La conexión emocional permite que nuestros hijos se sientan libres de ser ellos mismos; que se sientan validados en lo que son, sin importar lo que esto quiera decir. Apostarle a la conexión emocional con los hijos es apostarle a que construyan un centro claro, sintiéndose amados por la vida misma.

Si bien nuestros hijos tienen su propio camino y no son ni de nuestra propiedad ni una prolongación de nosotros, tienden a llevar dentro el peso de aquello que les transmitimos, cuando lo que reciben de nosotros no es de amor, de paz o de confianza. Si a través de la forma en la que nos relacionamos con nuestros hijos les estamos pasando nuestros temores, nuestras inseguridades, sistemas de creencias limitantes que no nos hemos detenido a observar y a cuestionar por un ratico para decidir si realmente contribuyen a que podamos vivir una vida libre y maravillosa… Una vida en la que es posible eso que para otros se siente como imposible. Una vida en la cual el respeto, la consideración y compasión por el otro son fundamentales para el buen vivir, estaremos transmitiendo a nuestros hijos una idea de la vida que pesa, que duele, que aturde y que atemoriza.

Cuando un hijo se siente amado, validado, respetado y apoyado por sus padres en toda la expresión de quien es (independientemente de la necesidad de hacer ajustes, de negociar algunas cosas y de llegar a acuerdos, pues esto forma parte de la convivencia humana), es muy posible que le estemos entregando el tesoro de que pueda construir una vida de merecimiento, de abundancia y de plenitud en todos los aspectos de su existencia, pues desde allí elegirá lo mejor para sí, de acuerdo con lo que considere que es lo mejor… para él/ella, no para nosotros.

La DES-conexión emocional, por el contrario, genera en los hijos sensación de miedo, de abandono y de soledad. Cuando no sabemos conectarnos emocionalmente con nuestros hijos porque los estamos viendo desde nuestro propio ego, desde nuestras propias necesidades y de nuestros vacíos… Desde aquello que nuestros padres nos dijeron y nos enseñaron como verdad así no lo sea, podemos estar incurriendo en la negación de quienes son. En una ceguera y una sordera emocional en torno a ellos que los agobia, y que muchas veces los hará decirse cosas que no son ciertas, perpetuando de esta manera la forma de relación que les estamos proponiendo.

Un hija o una hija que se siente desconectad@ emocionalmente de sus padres puede buscar esa conexión en alguien más, bien sea en otros familiares o en los pares. ¿Por qué lanzar a nuestros hijos a los brazos de otras personas, cuando nosotros estamos allí?

Para lograr conectarnos emocionalmente con nuestros hijos, es importante poner nuestros miedos y nuestras taras a un lado. Es importante intentar trascender lo que nos limita en la relación con ellos, y que en tantas ocasiones está relacionado con frases como: «Es que así me lo contaron», «Así me educaron», entre otras. Es necesario que abramos nuestro corazón hacia ese otro ser que no es mi historia ni la educación que recibí. Que es un ser independiente de mí, incluso cuando es apenas un bebé. La clave está en llenarnos tanto de amor hacia ellos, que nada de lo que ocurra afuera podrá impedir que los veamos y los sintamos, y que los respetemos desde el fondo de nuestra alma. Tanto, tanto, que podamos verlos en la plenitud de lo que son. En la inmensidad de su belleza, como ese ser que vino a la Tierra a vivir un camino y experiencias propios… y en los que, ojalá, los acompañemos de manera cercana. Esto no se lleva a cabo viviendo su camino por ellos, pues buena parte de amarlos es permitirles andarlo. En cambio, puede logarse viéndolos de verdad, y escuchándolos atentamente y a fondo. Tendiéndoles nuestra mano para que avancen firmes, en lugar de trazarles un destino que nada tiene que ver con ellos, y todo con nuestras propias expectativas y carencias.

la INVITACIÓN

Acércate a tus hijos… es la invitación. Velos con los ojos del corazón. Cuéntales sobre ti y pregúntales sobre ellos. Cuando te cuenten, no los cuestiones ni los juzgues. Escúchalos. Permítete asombrarte y admirarte por aquello que sienten que son. Y si no sabes cómo ser su padre o su madre, pídeles que te ayuden; que te enseñen. Es que ya la época aquella en la que los hijos estaban por debajo de los padres no existe más. En lugar de aferrarte a esta idea –si es que lo haces–, cuestiónate qué tan cercan@ has sido capaz de ser con tus hijos, y pregúntate cómo será que ellos te ven o se sienten siendo hijos tuyos. Éste es un buen lugar para comenzar a hacer pequeños cambios. Cambios que acaban por generar transformaciones de un nivel de profundad inconmensurables, tanto para ellos, como para nosotros como sus padres.

la ACLARACIÓN

Porque cada hij@ tiene su propio camino y no sabemos cuáles han sido las elecciones de su alma –algo sagrado en lo que no tenemos la libertad de interferir–, el que nos conectemos emocionalmente con nuestros hijos no evita que pasen por dificultades de una u otra índole, y de uno u otro nivel de complejidad.

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Gracias por acompañarme. Hasta una próxima oportunidad.

Un beso… ¡chao!

CRÉDITOS

Composición, producción musical & guitarra: Nicolás Ortiz

Voz: María Paulina Mejía

Imagen: Lorraine Cormier