Anécdota

Hace algún tiempo, sentados en unas sillas mecedoras desde donde disfruto del verdor de la naturaleza y del canto de toda clase de pajaritos, un gran amigo de mi hija y yo charlábamos, mientras esperábamos a que ella se alistara para salir. Sin esperármelo, me lanzó esa pregunta que pone a mi cabeza a dar vueltas:

-Paulis, ¿cómo funciona lo que haces?-

Luego de explicarle asuntos de forma, vino lo complejo:

-Ay, Juanda… ¿Cómo explicas a alguien que, además de conversar sobre temas que la mente entiende con facilidad, es posible que un ser querido que ha fallecido se presente para ayudarlo (a) a avanzar en algo que puede estar limitándolo (a)? ¿O que, sin  advertirlo, su Ser Superior le cuente al mío acerca de algún aspecto relacionado con una vida pasada suya con el ánimo de que encuentre sentido a cosas que le ocurren, y que no comprende de dónde surgen? ¿Cómo le dirías, tú, a una persona que, si tiene tristeza, miedo o rabia, yo sentiré sus emociones casi con la misma intensidad, para poder acompañarlo (a), desde la empatía, en el proceso de aceptarlas, de vivirlas y de sanarlas? 

“¿Cómo aclaras que lo que hago no es una técnica ni un método porque creo en que todos somos diferentes, por lo que una cosa que funciona para unos no siempre funciona para todos… Y que, a pesar de eso, es hermoso y efectivo? Es que los encuentros se van adaptando a quien está frente a mí, y a sus necesidades, desde una confabulaciòn del Universo que no puedo definir sino como mágica. ¿O que, para que la persona logre darse cuenta de su verdadera belleza, recibiré símbolos que llegan del ‘Cielo’, y que juntos traduciremos a un lenguaje comprensible para ambos?

“Más o menos así funciona lo que hago, Juanda. Ahora, dime: ¿Cómo lo hago?”

-Nada fácil, Paulis. Pero suena chévere.