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el RELATO

Para ella, la vida se sentía como tener que atravesar una eterna piscina, sin permiso de subir a la superficie. Sin embargo, a pesar de la falta de aire, algo en ella le decía: sigue adelante porque, si te rindes ahora, podrías perderte de eso hermoso que puede estar esperando por ti. Por esto, ella continuaba braceando y pataleando para avanzar, aunque se sintiera como si cada minuto en esas aguas profundas fuera la vida entera.

Más adelante… Mucho, mucho más adelante, creyó ver que el volumen del agua había disminuido. Curiosa, nadó hasta aquel pedacito de la pileta lo más rápido que le fue posible. Efectivamente, el agua se había vuelto panda. Al fin, podía alzar su cabeza por encima de ella, y respirar. Por fin, por encima de esa agua en la que casi muere, pudo ver toda la belleza que aguardaba por ella desde hacía ya tiempo. En ese momento, sonrió, miró al cielo y agradeció con lágrimas en los ojos; pues todos esos años en los que sostuvo la respiración bajo el agua, habían, ya, mostrado el sentido de su grandeza… El propósito de su existencia.

la REFLEXIÓN

La persona de la historia soy yo misma. La primera vez que compartí acerca de esto fue a través de mi primera novela, a manera de ficción, libro que estará disponible para la compra próximamente, aquí, en mi página web. La segunda, en una colaboración literaria titulada IGNITE, Female Change Makers (IGNITE, Mujeres Generadoras de Cambio), que se lanzó en Amazon el pasado 30 de mayo. La tercera, ocurrió en una entrevista que me hizo una periodista, productora de televisión y gran amiga mía, Andrea Bravo Puerta, en su cuenta de Instagram: @andreabravopuerta. Y ésta es la número cuatro.

Porque el tema de hoy es Cómo Sanar Nuestro Pasado, decidí que era importante compartir algo de mi propia historia, y lo que hice yo para sanar el mío –porque es lo único que puedo compartir contigo, ya que es la única verdad que conozco, y de la que puedo dar cuenta–. Es que es a partir de mi historia desde donde me voy convirtiendo en quien soy hoy. Es ella –mi historia– la plataforma desde la cual inicio una indagación profundísima en mí, acerca de mí, de la vida y del mundo; y del papel que jugamos como especie humana. Es ese lugar, y el de mis propias experiencias y formación, también, desde donde comparto mi contenido.

Al compartir mi historia abiertamente, se inicia en mí un proceso terapéutico muy profundo, como nunca antes se había dado. En dicho proceso surgen todos los demonios y fantasmas internos que en relación con ese episodio de mi vida vivían y batallaban dentro de mí. Compartir mi historia se convierte, así, en una oportunidad de poder transmutar el inmenso dolor que venía sintiendo desde siempre y con el que vivía cada día, haciendo un esfuerzo muy grande, esperanzada en la idea de que la Vida me amaba. En el sueño de que un día me mostraría su belleza. Por eso no me ahogué, aunque muchas veces quise rendirme en el camino.

Así pues, en mi caso personal, compartir mi historia fue crucial en el sendero hacia la sanación definitiva. No obstante, el hacerlo, me implicó tener que lidiar con un nivel de pena y de rabia que me tomaron por sorpresa. Para gestionar esto, intensifiqué al máximo lo que llamo escritura terapéutica (puedes ver mi video sobre esto, en mi canal de Youtube). Con ello me zambullí en mí, permitiéndome reencontrarme, cara a cara, con el miedo, con la impotencia, y con la gran pregunta: ¿para qué ocurre esto en mi vida? Por varios días tomé un café muy amargo con esos demonios y fantasmas internos. Sentí que la vida se me iba de las manos, y que la alegría que había logrado alcanzar, había desaparecido. A pesar de esto, sabía que al otro lado estaba la luz, pues por túneles oscuros ya había pasado antes. Y siempre… al otro lado del oscuro túnel, aparecía la luz. Siempre, después de larguísimos braceos y pataleos, el agua se volvía panda. Yo, por fin, podía levantar mi cabeza por encima de ella, y ver la belleza de la vida.

En medio de este encuentro con mi historia, decidí que era importante recurrir a alguien distinto a mí. Si bien contaba con recursos internos para ayudarme a mí misma, sentí el deseo de buscar a alguien que pudiese acompañarme en la recta final de lo que sería la sanación definitiva de aquel ‘esperpéntico’ capítulo de mi vida. Alguien a quien no conociera.

Gracias a la sabiduría del Universo y de nuestra alma (que pueden ver por encima de las limitaciones de nuestra mente racional, saber lo que necesitamos, así como aquello para lo que estamos listos), apareció en Youtube una mujer israelí residente en Los Ángeles, CA. Su nombre es Orly Arava. La contacté y nos pusimos una cita. Estuvimos juntas durante dos indescriptiblemente sanadoras horas. A través de ese encuentro, liberé los residuos de dolor de que todavía quedaban dentro de mí, en relación con el abuso sexual al que fui sometida cuando tenía apenas 3 años.

Y es que hay muchas cosas que podemos hacer con y por nosotros mismos, sin ayuda de nadie. En esto creo sinceramente. Pero llega un momento en el que, sin importar cuántos recursos tengamos, al estar dentro de nuestra propia piel, se nos vuelve difícil llegar hasta esos rincones en los que están instalados sentimientos muy poderosos, y saber cómo retirar de ellos el dolor. Especialmente, cuando se trata de cosas que en nuestra vida son grandes. Así que pedir ayuda está bien. En este mundo no estamos solos, y en él exiten personas dispuestas a ayudarnos.

Haber pedido ayuda es algo que me agradeceré por siempre. Hoy, a mis 50 años puedo decir –¡por fin!– que estoy sanada del lastre que aquel momento de mi vida me empujó a arrastrar por tantos y tantos años.

Expresado todo esto, ¿cómo sanar nuestro pasado?

  1. Aceptándolo: aceptando que lo ocurrido sucedió.
  2. Reconociendo qué fue eso que nos hizo sentir aquello, y en qué nivel de intensidad.
  3. Perdonarnos a nosotros mismos por habernos creído cosas que no son ciertas, a partir del evento aquel.
  4. Buscando ayuda, de sentir que solos no podremos salir adelante.

la INVITACIÓN

Todo esto se resume en una idea: hacer un GRAN ACTO de AMOR PROPIO. Ésta es mi invitación.

Es que cuando decidimos ayudarnos, sin excusas ni titubeos… tanto, tanto, tanto, que nada nos impedirá estar bien, nos otorgamos el mejor regalo del mundo: el regalo de nuestra propia plenitud. Desde esta intención honesta y genuina que vibra y resuena en nosotros, el Universo, nuestra alma, la Vida, Dios –todos juntos– nos abren el mejor camino. Y ponen los recursos y las personas más apropiadas para quien es cada uno. ¿Cuál es nuestro lugar? El de recibir esa mano de ayuda, bien sea que venga de dentro o de fuera de nosotros. Y hacerle caso, porque un pasito más adelante… una braceo y una patadita más allá, está la luz; está la grandeza de la vida.

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Gracias por acompañarme. Hasta una próxima oportunidad.

Un beso… ¡chao!

CRÉDITOS

INTRO Y OUTRO

Composición, producción musical & guitarra: Nicolás Ortiz

Voz: María Paulina Mejía

Imagen: GERALT–9301